Cambios en el pie en las distintas etapas de la mujer

Las mujeres pasamos a lo largo de nuestra vida por distintas fases fisiológicas y de vida que hacen que en todo nuestro cuerpo haya distintos cambios que pueden poner en compromiso nuestra salud. Como es lógico nuestra base, nuestros pies, se verán también envueltos en estos cambios que voy a explicar brevemente en esta entrada.

Empecemos con la juventud y un tesoro, nuestra menstruación. Lo llamo tesoro porque la menstruación supone una evaluación o testaje natural de nuestra salud general.

Si hay alguna alteración en el período, debería sonar alguna que otra alarma. ¡Vaya suerte la nuestra!

 Con la ovulación  llega la exponencial liberación de una ingeniosa hormona llamada relaxina. Se segrega a nivel del cuerpo lúteo y alcanza su pico de liberación a los 14 días de la ovulación. Tiene múltiples beneficios como  inhibir las contracciones espontáneas de la musculatura del útero, facilitar el parto, inhibirla producción de fibras de colágeno,… Ahá, ¿y qué tendrán que ver los pies aquí? 

Bien, traduzcamos esto a nuestros pies!

 La relaxina producirá un aumento de laxitud en todos los ligamentos, tendones, músculos y piel de nuestros pies, por lo que tendremos que tener especial cuidado a la hora de entrenar o de elegir un calzado de diario. Como consecuencia caerá más nuestro arco y pronaremos un poco más de lo habitual.

 Podemos correr el riesgo por ejemplo en un pie plano, que aumentáramos aún más el estrés del tibial posterior, apareciendo como consecuencia dolor por una tendinopatía, por ejemplo. 

El aumento de temperatura general que experimentamos cuando estamos con el periodo deberá ser tenido en cuenta a la hora elegir qué comer, qué ponernos y con qué calzarnos. Será preferible elegir un calzado cómodo, con buena transpiración, sujeción y que no nos apriete lo más mínimo. El exceso de sudoración junto a una bajada de defensas típico en esta fase en muchas de nosotras, puede favorecer la aparición de infecciones dérmicas bacterianas o fúngicas.

En el embarazo también tendremos a esta amiga presente, sobre todo durante el primer trimestre. Gracias a ella seremos más flexibles para ir adaptando nuestra postura y mecánica a los cambios de peso y de centro de gravedad a lo largo de todo el embarazo. Lo natural es que haya aumento de presión en el retropié, sobre todo a final del embarazo. Esto favorecerá la aparición de dureza o hiperqueratosis protectora a nivel del talón. Durante el embarazo también es típico que se nos hinchen los pies o que las uñas tengan tendencia a clavarse. Este aumento de tamaño se debe tanto al aumento de elastina en los tejidos como por un aumento de retención de líquidos por un aumento de la excreción de sodio gracias a la acción de la relaxina. ¿Y qué puede ocurrir en el postparto? El postparto es una etapa de reajuste y adaptación después de una fase de creación preciosa. Las mujeres en esta fase podemos tener cambios en el suelo pélvico, cicatrices del parto y adaptaciones emocionales  que se pueden traducir en cambios posturales, de equilibrio que alteren nuestra forma de caminar o de movernos e incluso dolores inespecíficos en los pies. 

Tras una vida fisiológica apasionante, llega un punto en la vida de toda mujer donde entramos en la llamada menopausia, donde se vuelve a producir la ultima cascada hormonal para dar un último adiós a la fertilidad y pasar a una nueva fase más estable. 

En varias ocasiones he tenido pacientes mujeres con talalgias agudas o exacerbaciones de dolor y deformidad en los dedos, coincidentes con picos sintomatológicos en esta fase. ¿Casualidad? No lo creo.

Ya en las últimas etapas de la vida de una mujer, los cambios más frecuentes en el pie estarían relacionados con el propio envejecimiento y algunas enfermedades, como «lecciones o adaptaciones de vida«, definidas médicamente como reumáticas, metabólicas o cardiovasculares. Es frecuente encontrar atrofias y desplazamientos de la grasa plantar, una pérdida del equilibrio por una pérdida de terminaciones nerviosas o mecanorreceptores plantares, modificaciones en la postura y en la marcha, una disminución del grosor de la piel, un aumento de la sequedad de la piel relacionado con una menor ingesta de agua por pérdida de la sensación de sed y  un cambio de crecimiento de la lámina ungueal.

Es apasionante lo sabio e interrelacionado que está nuestro cuerpo como adaptarse siempre a un equilibrio dinámico en cada etapa de nuestra vida. Espero que esta entrada te haya aportado alguna respuesta, curiosidad, y sobre todo, un motivo más para abrazar con amor tu naturaleza como mujer. ¡Quiérete!

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